En el mundo del vino, el concepto de “viñedos viejos” se relaciona automáticamente con el valor y prestigio de un vino, y no es casualidad. A partir de cierta edad, las cepas experimentan cambios biológicos que afectan directamente al resultado del vino.

Aunque no existe una cifra exacta, se consideran “viñedos viejos” cuando las cepas tienen más de 35 años aproximadamente.

Características

Cuando la cepa envejece, se producen cambios sustanciales en su desarrollo:

Disminución de la producción: de forma natural la cepa disminuye su vigor y rendimiento y la hace menos rentable. Sin embargo, los nutrientes, azúcares y otros compuestos se concentran mejor y las uvas son mucho más ricas. El resultado son vinos más profundos y concentrados con capacidad para crianzas largas.

Raíces profundas: con la edad, las cepas desarrollan un sistema radicular muy profundo y ramificado, lo que le permite acceder a capas del subsuelo más ricas en minerales. Además, la extensión de las raíces permite que la planta sobreviva mejor a la falta de agua.

Equilibrio natural: en comparación con las cepas más jóvenes, los viñedos viejos priorizan la maduración del fruto frente al crecimiento de las hojas, dando así una uva muy expresiva.

Impacto en el vino

Gracias a la evolución de la planta, los vinos elaborados a partir de “viñedos viejos” presentan una mayor complejidad aromática, es decir, aromas más profundos, intensos y definidos, capaces de continuar evolucionando durante años.

Sin embargo, que un viñedo sea viejo es importante, pero no es determinante. La calidad final de vino depende también de otros factores como el suelo, el clima de la zona, la variedad de uva y de cómo se haya trabajado el viñedo.